Una chica estaba sentada en la sala de espera de un ambulatorio. Había acudido a pedir ayuda a su médico de cabecera porque, tras años de lucha contra un cáncer, su madre afrontaba lo que quizá era su tiempo final con atroces dolores de cabeza, que la hacían llorar y gritar de dolor y desesperación. Ella sólo quería algo de orientación y soporte en un momento así, porque nadie sabe cómo deben hacerse las cosas en una situación como esa, y llevaba un mes viendo sufrir a su madre y sufriendo con ella.
No había pedido una cita pero sabía que su médico la atendería porque ya lo había hecho otras veces. Él sabía que no vendría a molestarle con naderías y que, si ella estaba allí, algo grave estaba pasando.
El médico se asomó y nombró al siguiente. Entonces cruzó su mirada con ella y le preguntó si venía a consulta. Ella asintió.
Al salir el paciente, la pidió que entrara. Estuvo hablando con ella durante más de media hora. Fuera podía oírse que los pacientes que esperaban empezaban a inquietarse. La situación actual no parece permitir a los médicos ejercer correctamente su profesión. Alguien intentó entrar y él le pidió que esperase.
Después de interesarse por su estado y el de su madre estuvo aconsejándola y tomando decisiones. Ella se despidió y le agradeció que la hubiera atendido sin cita previa.
La chica salió del despacho y fue a casa con su madre.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando sonó el timbre del portero automático. Era el médico. Había terminado su jornada y había decidido ir a verla a su casa para conocer exactamente la situación y dar confianza a la enferma.
La visita duró casi una hora. Cada minuto fue un gran regalo. Aquella familia recibió una dosis de moral y ánimo para seguir luchando hasta el final. Lo que esa visita les aportó no se consigue con medicación.
Aunque esta historia pueda parecer sacada de una de esas cadenas de emails que rondan por Internet no es así.
Esto pasó ayer en Madrid.
Deberíamos aprender a valorar lo que tenemos y luchar para que estas cosas puedan seguir pasando en la Sanidad Pública. Cada día parece más difícil.
Esa chica y su familia son afortunados de tener gente que les quiera y la ayude, aunque la vida no les trate todo lo bien que se merecen.
Esa chica y los suyos son muy especiales, por el amor que despiertan en todos los que les conocen, incluídos sus médicos y amigos.
Seguiremos luchando por una Sanidad Pública de calidad y no dejaremos que nos la quiten los avaros y los ruines.