Cualquiera puede entender que el poder de Internet radica en su capacidad para revolucionar la forma en que las personas se comunican.
También ha aportado un foro abierto a millones de personas que pueden exponer sus opiniones y conseguir información de forma rápida y abundante (no siempre de la mejor calidad pero eso depende del tiempo que se le dedique). Desde nuevos servicios de las administraciones públicas y empresas hasta formas de entretenimiento impensables hace pocos años y acceso rápido y extendido a contenidos culturales.
Pero Internet aporta también libertad gracias a su ubicuidad y neutralidad (millones de voces que no están sometidas a un control ni a filtrado de contenidos salvo excepciones de sobra conocidas).
Este paradigma se ha conseguido gracias a que la Red se creó originalmente como una herramienta, principalmente como medio de comunicación entre lugares distantes.
Una vez universalizado su uso se ha convertido en una fuente de negocios como no podía ser de otra manera y en un incuestionable motor económico.
Esto no tendría porqué ser negativo en principio y, probablemente, ha servido de acicate para que gobiernos y empresas hayan decidido empujar en la misma dirección y contribuir e invertir en la expansión de Internet. Ahora bien, como en tantas otras ocasiones, el negocio puede acabar con las virtudes que hasta ahora atesoraba este gran invento de la humanidad. La cuestión es: ¿Internet como derecho o como producto?
Interesante reflexión de Juan Carlos Rodríguez Ibarra en el siguiente artículo de El País.